
Las palabras escasean, pero la música no.


Solo mangas punteadas podían verse mientras cada uno de sus pies livianos se alternaban, deslizándose al compás de una polonesa de Chopin.
Silencio, un pajarito canta en su nido de Santo Domingo sin número. Silencio, el pajarito colorea silencios bailantes. Silencio, éste siempre es interrumpido. Silencio, las mangas punteadas se detienen.
El tiempo corre al son de mi juego con el reloj de la abuelita Adriana; de un lado a otro las manecillas giratorias se burlan de la inmovilidad de aquellas mangas que antes veían pasar a la ciudad nublada con musical respingo. Y ahora la ciudad presencia la caída. Luego, despojos.
¿Y qué?
¿Y qué me da a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia...
Puesto esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
“¿es que soy yo? ¿verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?”



Sigo esperando, mis ojos entreabiertos y cansados de esperar se están aburriendo.